Fetichismos del capital = Forma mercancía + Forma jurídica + Forma estatal
La crisis del Estado de derecho no es un accidente ni una anomalía pasajera, es una posibilidad inscrita en la forma misma del capitalismo.

Esta lectura se realiza con el propósito de ampliar la mirada como economista crítico a uno de los grandes temas filosóficos y políticos de la actualidad. El texto original pertenece a Juliana Paula Magalhães.[1]
El punto de partida es los aportes de E. B. Pachukanis, cuando la acumulación entra en crisis y se agudiza la lucha de clases, la burguesía puede retirar la “máscara” del Estado de derecho y mostrar, sin adornos, la violencia organizada que sostiene el orden. Esta idea no supone que la legalidad sea una farsa absoluta, sino que su estabilidad es frágil y funcional a la reproducción del capital. La sociedad capitalista se asienta sobre placas inestables —mercancía, valor, derecho, Estado— que, al reacomodarse, producen temblores capaces de derribar el edificio liberal-democrático.
Para entender por qué ocurre, conviene seguir la articulación central entre economía y juridicidad. Si en Marx la mercancía es el “átomo” de la sociedad capitalista, en Pachukanis el sujeto de derecho es el “átomo” de la teoría jurídica. La compraventa de fuerza de trabajo necesita un ropaje legal que convierta a capitalista y trabajador en sujetos formalmente iguales. El contrato de trabajo materializa esa igualdad jurídica y, a la vez, oculta la asimetría material de la relación capital-trabajo. De ahí la tesis del “doble fetichismo”: el fetichismo de la mercancía se completa con el fetichismo jurídico. El Estado, por su parte, no es un instrumento neutro que ocasionalmente captura una clase; es la forma política específica del capitalismo, garante impersonal de la propiedad y de los contratos, aparentemente separado de los intereses privados pero funcional a su reproducción. Esta separación entre economía y política, ausente en modos de producción precapitalistas, es condición de posibilidad de la explotación asalariada bajo la cobertura de la legalidad.
La democracia moderna, lejos de ser heredera lineal de la Atenas clásica, emerge precisamente de la conformación entre forma jurídica y forma estatal. La ciudadanía extiende al plano político la lógica del sujeto de derecho presentada como autonomía formal, igualdad ante la ley, participación electoral. Ese andamiaje importa y produce derechos reales, pero sus márgenes están acotados por la reproducción de la acumulación. Por eso el capitalismo no es intrínsecamente democrático: puede convivir con dictaduras y fascismos cuando su régimen de acumulación o sus mecanismos de regulación se desordenan. La historia reciente ofrece ejemplos elocuentes excepcionalismos, “manuales” de seguridad interna, estados de sitio selectivos, judicialización de la política y políticas de “ley y orden” que, en nombre de rescatar la legalidad, degradan garantías y derechos.
La crisis del estado de derecho adopta al menos dos grandes registros, como señala Alysson Leandro Mascaro, crisis de acumulación (económica) y crisis de regulación (institucional). A veces ambas se combinan en crisis estructurales, cuando los arreglos institucionales ya no logran encauzar las tensiones de la valorización. En ese cuadro, las dinámicas imperialistas reordenan jerarquías entre Estados y capitales y, el derecho internacional lejos de ser un dique neutral tiende a consolidar la inviolabilidad de la propiedad privada a escala mundial.
Pachukanis lo formula con crudeza al analizar el “derecho de guerra”, y China Miéville lo retoma con una vieja sentencia de Marx, “entre derechos iguales, decide la fuerza”. Las resonancias contemporáneas —desde guerras y ocupaciones hasta la expansión de la extrema derecha— confirman que, cuando la competencia interestatal y la presión de la acumulación se intensifican, la coerción vuelve a primer plano y desborda los límites normativos que se presentaban como universales. Si esto es así, ¿qué “funcionalidad” cumple el Estado de derecho en el capitalismo?
Primero, normaliza la circulación de mercancías y la compraventa de fuerza de trabajo mediante la forma contrato. Segundo, garantiza coercitivamente la propiedad y el cumplimiento jurídico a través de un aparato que se presenta como poder público impersonal. Tercero, legitima la dominación al traducir la desigualdad material en igualdad formal entre sujetos. Esa funcionalidad no niega la importancia concreta de los derechos. La legalidad protege vidas, abre márgenes de organización y permite conquistas. Pero su elasticidad se prueba en los bordes: cuando peligra la valorización, la legalidad se flexibiliza, se excepciona o se suspende. Allí la “máscara” se corre y deja ver la continuidad de clase.
La pregunta estratégica es cómo superar este círculo. El horizonte que recupera la tradición pachukaniana es claro. La superación definitiva de la crisis y de sus monstruos —incluido el fascismo— exige trascender el capitalismo, esto es, desmantelar la forma mercancía y con ello las formas derecho y Estado tal como hoy las conocemos. Ahora bien, el horizonte no exime de una agenda inmediata. Defender irrestrictamente los derechos humanos, el debido proceso y las libertades democráticas salva vidas y acota daños concretos. En situaciones de guerra o de represión interna, el respeto a normas internacionales y constitucionales no resuelve la raíz del problema, pero marca diferencias decisivas en el plano humanitario. Un antifascismo activo —organización social, sindical y comunitaria; redes de cuidado y comunicación; pedagogía pública— no puede esperar a “condiciones óptimas”. La desmercantilización de esferas esenciales —salud, educación, vivienda, agua, energía, datos personales, naturaleza— constituye un programa transicional que amplía bienes comunes y reduce la tiranía de la ganancia sobre la vida. La democratización económica, con propiedad social y cooperativa, banca pública de desarrollo y control de capitales especulativos, busca recomponer poder de negociación del trabajo y orientar la inversión hacia fines colectivos. La constitucionalización de límites al poder corporativo y la transparencia efectiva contra la captura del Estado son barreras necesarias, aunque no suficientes. Una planificación democrática eco-social que articule transición energética justa, reindustrialización verde, empleo digno y cuidados es el terreno donde la economía política se encuentra con la filosofía del derecho y la teoría del Estado. Y un internacionalismo de los pueblos que ponga la vida y la dignidad por encima de la propiedad puede abrir grietas en un orden jurídico global predispuesto a blindar la acumulación.
Para un economista crítico, la lección metodológica primera es conectar categorías teóricas que desmarcaren las farsas de los fetichismos del capital. Forma mercancía, forma jurídica y forma estatal. Los precios relativos no “flotan” en vacío. Descansan sobre relaciones de poder juridificadas y sostenidas por aparatos de coerción. Los indicadores convencionales pueden cantar crecimiento mientras se degrada el tejido de derechos. Por eso conviene incorporar métricas de derechos, captura regulatoria, concentración de poder y huella ecológica al juicio sobre políticas fiscales, monetarias e industriales. La brújula no es la tasa de ganancia por sí sola, sino la reproducción ampliada de la vida.
Reconocer la funcionalidad capitalista del Estado de derecho no conduce al cinismo. Conduce a una ética de la responsabilidad doble. Defender hoy los derechos que preservan vidas y organizar, al mismo tiempo, la transición hacia un orden que supere la mercantilización. En ese camino, la teoría de Pachukanis —tal como la reconstruye Juliana Paula Magalhães— es menos un veredicto sombrío que una invitación a pensar con precisión. Si la máscara puede caerse, no es para que renunciemos a toda conquista, sino para que sepamos por qué se sostiene, cuándo resbala y cómo podemos, colectivamente, cambiar el rostro de la historia.
[1] Juliana Paula Magalhães es doctora en Filosofía y Teoría General del Derecho por la Universidad de São Paulo (USP). Autora, entre otros, de Crítica a la subjetividad jurídica: reflexiones a partir de Michel Villey (Contracorrente, 2022) y Marxismo, humanismo y derecho: Althusser y Garaudy (Ideias & Letras, 2018). Organizó, junto con Luiz Felipe Osório, Brasil bajo los escombros: desafíos del gobierno de Lula para reconstruir el país (Boitempo, 2023).
[1] Texto tomado de: («A crise do Estado de direito», 2025) – (GPT-5 Thinking, Trad.)
Referencia
A crise do Estado de direito: Pachukanis e a retirada da máscara. (2025, octubre 2). Blog da Boitempo. https://blogdaboitempo.com.br/2025/10/02/a-crise-do-estado-de-direito-pachukanis-e-a-retirada-da-mascara-2/


