Imagen: “Portada — Capitalismo en fase destructiva”, CC0 1.0 (Dominio Público).

Precariedad + Deuda + Algoritmo

Resumen

Este ensayo caracteriza el capitalismo contemporáneo como un régimen de acumulación en fase destructiva cuya reproducción depende de la degradación simultánea de la naturaleza, del trabajo y de la igualdad sustantiva. A partir de aportes recientes de Ricardo Antunes, Ricardo Festi y Julice Salvagni, se examinan la centralidad de las tecnologías digitales y la inteligencia artificial como infraestructuras de mando; la plataformización del empleo y la ideología del emprendedurismo como legitimaciones de la precariedad; y la emergencia de una doble extracción laboral-financiera que atrapa a las personas trabajadoras en círculos de deuda. El análisis se completa con el déficit regulatorio y la captura estatal, así como con las derivas políticas de una derecha radicalizada y una izquierda predominantemente gestora. Se proponen orientaciones mínimas para recivilizar el trabajo y recomponer un horizonte democrático sustentado en la reducción de la jornada, la transparencia algorítmica y la desfinanciarización de la relación laboral.

Introducción

En las dos primeras décadas del siglo XXI se consolidó un patrón de acumulación cuya expansión ya no depende de incrementos inclusivos de productividad ni de la extensión de derechos, sino de un conjunto articulado de dispositivos destructivos. Las plataformas digitales y la inteligencia artificial reorganizan el mando capitalista, externalizando costos y privatizando ganancias, mientras el entramado financiero incorpora a la vida cotidiana mecanismos de crédito que capturan ingresos futuros. Este ensayo integra tres líneas de evidencia y argumentación: la tesis de Antunes sobre el carácter agresivo y expansivo del capital en su fase actual; el diagnóstico de Festi acerca de la plataformización y del emprendedurismo como ideología legitimadora; y los hallazgos empíricos de Salvagni relativos a la doble extracción de valor, que resulta del acoplamiento entre plataformas y entidades financieras. El objetivo es ofrecer una visión de conjunto que permita comprender la lógica del presente y perfilar un campo de intervención normativa y política.

Desarrollo

La propuesta de Antunes (2024) sitúa el núcleo del problema en la destrucción como condición de crecimiento. El capitalismo ya no amplía su frontera por medio de derechos o de bienestar social, sino mediante la intensificación de prácticas que socavan los ecosistemas, el trabajo y la igualdad. Las llamadas “nuevas tecnologías” —plataformas, algoritmos, inteligencia artificial— no son neutras: se constituyen en infraestructuras de mando que profundizan la vigilancia, habilitan usos bélicos y abren la acumulación “espacial” como nueva frontera de valorización. Este movimiento convive con la obsolescencia programada, que acelera los ciclos de consumo, incrementa residuos y, por esa vía, expande la huella ecológica y social del sistema.

En el plano de las relaciones laborales, Festi (2025) conceptualiza la plataformización como una transformación estructural de la organización del trabajo. Lejos de limitarse a intermediar oferta y demanda, las plataformas trasladan a la persona trabajadora los costos de equipos e insumos, los tiempos muertos y las contingencias de salud o accidente, a la par que gestionan la asignación de tareas, los precios y las sanciones mediante algoritmos opacos. La figura del “emprendedor” cumple aquí una función ideológica decisiva: individualiza el riesgo, naturaliza jornadas extensas y disfraza la subordinación bajo la apariencia de autonomía. Esta reconfiguración no inaugura relaciones modernas, sino que reactiva modalidades arcaicas de control y pago. A medida que se profundiza la precariedad, se acentúan la racialización del trabajo y las brechas de género, con especial exposición a violencias y acosos en el caso de las mujeres.

La dimensión financiera descrita por Salvagni (2025) introduce un giro que agrava el cuadro. El acoplamiento entre plataformas y entidades financieras mediante créditos preaprobados ofrece liquidez en momentos de vulnerabilidad —enfermedad, accidentes, caídas de demanda—, pero al costo de intereses que capturan el ingreso futuro. Se produce así una doble extracción: la plusvalía generada por el trabajo se complementa con la renta financiera derivada del endeudamiento, generando círculos de deuda que disciplinan la conducta laboral y consolidan la dependencia. Esta financiarización cotidiana coexiste con una tercerización logística ampliada que incorpora nuevos intermediarios, diluye responsabilidades y erosiona aún más los ingresos reales por carrera u hora, en un contexto de costos crecientes (mantenimiento, combustibles, alquiler de vehículos, conectividad).

El marco institucional no corrige estas tendencias; con frecuencia las profundiza. La ausencia de reconocimiento de la relación laboral —o la creación de figuras híbridas que formalizan la desprotección— convive con lagunas en seguridad social, salud laboral, licencias, derecho a la desconexión y negociación colectiva. En lugar de garantizar pisos mínimos, se promueven esquemas que legitiman la “autonomía” formal al tiempo que consolidan salarios variables y jornadas extensas. El Estado, lejos de actuar con anticipación, suele llegar tarde o diseñar marcos favorables a plataformas y finanzas, dando lugar a lo que puede denominarse una regulación de la desregulación.

Estas dinámicas se inscriben en un campo político tensionado. De un lado, una derecha que combina neoliberalismo con repertorios neofascistas —anti-derechos, xenofobia, “guerras culturales”— se presenta como “antisistema” mientras profundiza privatizaciones, flexibilización y represión. Del otro, una izquierda que, en amplios tramos, se repliega a la gestión del orden existente, “arreglando la casa” tras las devastaciones sin reponer el principio de esperanza transformadora. Con todo, persisten fisuras que reabren la disputa por el tiempo y la vida: la reducción de la jornada (del 6×1 al 4×3), las nuevas coordinaciones de trabajadores de plataforma, las huelgas y los boicots digitales muestran que la conflictividad social encuentra —también en el terreno digital— canales para rearticular demandas históricas.

La recivilización del trabajo requiere, en consecuencia, un conjunto integrado de orientaciones. En el plano jurídico-laboral, es crucial reconocer la relación de empleo en plataformas, con negociación colectiva, pisos de remuneración por hora que incluyan tiempos de espera y trayectos, cotizaciones a la seguridad social y límites efectivos a la jornada con derecho a la desconexión. En el plano tecnológico, se impone la transparencia algorítmica, la explicabilidad de reglas de asignación, precios y sanciones, y la existencia de debido proceso con derecho de apelación. En el plano financiero, la prioridad es desfinanciarizar la relación laboral: prohibir o regular estrictamente el crédito atado y los descuentos automáticos desde la aplicación, establecer topes a intereses y comisiones, y crear fondos sectoriales de riesgos —accidentes, enfermedad, picos de demanda— financiados por las propias plataformas. A ello deben añadirse medidas procompetitivas —portabilidad de reputaciones y datos, interoperabilidad, separación estructural entre negocios de plataforma, finanzas y logística— y políticas ambientales y sociales que penalicen la obsolescencia programada e incorporen métricas de tiempo vital y cuidados. La reducción de la jornada sin merma salarial, con productividad redistribuida y co-diseño de turnos, junto con el fortalecimiento de infraestructuras públicas (transporte, conectividad, salud laboral), completa un horizonte viable de transición. En este marco, las cooperativas de plataforma y los modelos públicos o comunitarios de intermediación digital ofrecen alternativas institucionales que democratizan el control sobre los medios digitales de trabajo.

A Manera de Síntesis

La fase actual del capitalismo puede describirse como una ecuación perversa en la que precariedad, deuda y algoritmo se combinan para desactivar derechos, atomizar cuerpos y privatizar ganancias. La promesa de autonomía oculta una subordinación algorítmica que organiza los tiempos, fija los precios y sanciona conductas, mientras la financiarización de la vida captura el salario futuro y vuelve la deuda una forma de disciplina. Este panorama no es inevitable: allí donde se disputa el tiempo social —reduciendo la jornada y garantizando la desconexión—, se conquista la transparencia del mando digital, se reconstruye la protección social y se desfinanciariza la relación laboral, emergen prácticas de esperanza que reponen el horizonte del trabajo asociado —colectivo, autónomo y autodeterminado— como condición de futuro. La tarea política de nuestro tiempo consiste en traducir estas orientaciones en instituciones efectivas, capaces de limitar la fase destructiva y de abrir un ciclo donde la vida, y no la rentabilidad, marque la medida del progreso.

Referencias

UNISINOS. (2025). “As novas tecnologias potencializam o sentido destrutivo e agressivo do capitalismo”. Entrevista com Ricardo Antunes. https://www.ihu.unisinos.br/categorias/648193-as-novas-tecnologias-potencializam-o-sentido-destrutivo-e-agressivo-do-capitalismo-entrevista-com-ricardo-antunes